Mi estadía lingüística en Japón

Hace más o menos un año y medio se cumplió uno de mis sueños: viajar a «la tierra del sol naciente». ¿Y qué mejor momento para recordar esta ocasión tan especial que ahora, mientras organizo mi segunda estadía lingüística en Japón?

Sin lugar a dudas, el verano de 2016 fue una experiencia mágica y, de alguna forma, un poco «locura», ya que salí por primera vez al exterior para pasar dos semanas en Japón viviendo con una familia anfitriona. Y, por si fuera poca emoción, también era la primera vez que volaba, y lo hice sola. No cabía en mí de ilusión, pero también tenía mucho miedo, sobre todo por el idioma, ya que lo único que sabía decir en japonés era “buenos días”, “gracias” y “hola”.

Os estaréis preguntando qué destino elegí. ¿Tokio? ¿Osaka? Espero no decepcionaros cuando os diga que mi nuevo hogar durante dos semanas no era una de esas famosas metrópolis japonesas, sino más bien todo lo contrario. Puse rumbo a Gifu-ken, una ciudad rural totalmente rodeada de plantaciones de arroz – un lugar bello y sencillo, al igual que sus habitantes y mi familia anfitriona. 


Como decía, mis conocimientos de japonés eran prácticamente nulos, así que los primeros días de mi estadía lingüística en Japón fueron algo duros. Me sentía un poco sola y no era capaz de expresarme ni de interaccionar con los miembros de mi familia anfitriona. Sin embargo, precisamente fueron ellos los que me ayudaron día a día, enseñándome distintas cosas y haciéndome formar parte de la vida familiar. Me hicieron sentir en casa, como si siempre hubiese sido una más de la familia.

Todas las mañanas, mi “madre” me hacía un desayuno riquísimo y nos preparaba a todos un almuerzo para llevar, a mí también, aunque no tuviera por qué hacerlo. Después, mi “padre” me llevaba en coche hasta su trabajo. Hablábamos mucho en el coche y me enseñó muchas palabras. También parábamos todos los días en un pequeño supermercado y me compraba aperitivos japoneses para que los probase en clase junto a mis compañeros.

La siguiente parada era mi escuela en Gifu-ken. En ella, tuve la oportunidad de estudiar japonés con profesores increíbles y estudiantes de todo el mundo. Al ser la única italiana, descubrí muchas otras culturas. Al acabar el curso de dos semanas con mi maravilloso sensei, entendía mucho mejor el idioma, pero todavía no podía hablar demasiado, pues me faltaba vocabulario y gramática. En cualquier caso, me sorprendió mucho haber avanzado tanto en tan poco tiempo, y estoy segura de que se lo debo a mi profesor.

Por las mañanas, solía salir a explorar la ciudad con mis compañeros y, por las tardes, teníamos 5 horas de clases de japonés. Después de clase, tomaba el autobús hasta la estación, donde me reunía con mi hermana japonesa que volvía del instituto en Nagoya, una ciudad a una hora de distancia en tren. Volvíamos a casa juntas, picábamos algo, hacíamos la tarea, ¡y ya era hora de cenar!

Así era un día normal en mi vida: Gifu es una ciudad pequeña y tranquila, muy sencilla, ¡pero eso no significa que no hiciera nada interesante! ¡Mi familia anfitriona me mimaba a base de viajes y de montones de comida deliciosa! El segundo día de mi estancia probé el sushi por primera vez, y todos se quedaron muy impresionados con mi habilidad con los palillos.

 

Al día siguiente me llevaron a Nagoya, donde paseamos por la ciudad, echamos un vistazo a las tiendas, comimos taiyaki y dango, y visitamos el templo.

En mi último fin de semana, ¡mi “padre” y mi hermana me llevaron a Kioto! Allí, tuve la oportunidad de ponerme un precioso Yukata, y de hacerme unas “purikura” (fotos típicas que los jóvenes japoneses se hacen cuando salen con sus amigos). También visitamos el valle de los templos, en el que se encuentra el famoso Kinkaku-ji (el Templo del Pabellón de Oro). Acabamos cansadísimos, pero esta excursión me permitió vivir de primera mano la cultura japonesa, visitar sus lugares sagrados y descubrir sus tradiciones y rituales. ¡Y eso no tiene precio!

 

La verdad es que fue una experiencia increíble. Al principio de mi estadía lingüística en Japón estaba ilusionada pero asustada. Podía haberme sentido sola y abandonada, pero no fue así. No solo recibí el apoyo de mis padres, sino también de ESL. Ambos me ayudaron a hacer realidad mi sueño y a pasar dos semanas en Japón viviendo con una fantástica familia anfitriona, con la que a día de hoy mantengo el contacto y a la que espero volver a ver el próximo verano.

Sí, porque a pesar de ya haga un año y medio desde que realicé este viaje, sigo echando de menos Japón y estoy deseando volver el próximo verano… ¡Esta vez a Tokio!

Me alegra poder haber compartido con vosotros mi experiencia en el Japón rural, y estoy deseando contaros mis nuevas aventuras en esta metrópolis japonesa. ¡Espero ese momento con la misma ilusión y curiosidad que sentía antes de embarcarme en mi primera estadía lingüística en Japón!

¡Vive una experiencia auténtica en Japón!

Por Francesca Zambelli

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